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El Reino de cuyo nombre no quiero acordarme

I. La muerte del Emperador

Érase una vez un reino en el que el Sol casi nunca se escondía. Hombres y mujeres de diferentes culturas, con lenguas y tradiciones particulares, habitaban un territorio con un entorno natural plagado de contrastes. Tras más de treinta años de gobierno despótico del Emperador, diversas fuerzas políticas que convivían entre el miedo a un régimen fundado en la fuerza y el control, se lanzaron a la disputa por el rediseño de los espacios de administración de los asuntos públicos. El Emperador, con el interés de mantener intacto el espíritu de su mandato, decidió quien sería el sucesor al trono tras su muerte. El futuro Rey I, educado desde niño en un lugar secreto del reino, aprendió varios idiomas y cultivo el interés por la experticia militar. Tuvo a su disposición un grupo de mentores encargado de formarlo en política, con quienes discutía largas horas sobre los problemas que aquejaban al reino, las distintas formas de gobierno y los vicios que podían aquejar a cada una de ellas si el gobernante se alejaba de la virtud. Poco a poco, este joven en formación se hizo consciente que sería el Rey I del Reino cuyo nombre no quiero acordarme, sucesor del antiguo Emperador que gobernó por más de cuarenta años, empuñando en una de sus manos la espada y en la otra la cruz. *

La noche en que el arrugado corazón del Emperador dejó de latir, el anuncio de la noticia por las cadenas de radio propagó la incertidumbre a través de las regiones. Entre gran parte de la población se abrieron paso las dudas sobre la unidad del Reino, pero aquellas comunidades inconformes con la situación política previa vislumbraron un atisbo de esperanza. Miles de mujeres y hombres que habían luchado por la República fueron perseguidos por las autoridades militares, y obligados al silencio por la censura oficial. Ahora, tras varios años de relajamiento de la polarización política y de mejoría en las condiciones económicas, veían la oportunidad para que los cimientos del Régimen del Emperador fueran discutidos y su voz fuese escuchada. Sus demandas chocaban con la postura inmovilista de los sectores más fieles al Emperador, quienes consideraban impertinente y riesgoso para la unidad del reino cualquier modificación de las leyes fundamentales que se sustentaban en la tradición y la fe del pueblo.

A los pocos días, las cortes reales entregaron la corona al Rey I, quien se encontró en la incómoda posición de conservar la unidad de un país dividido entre quienes planteaban la continuidad de los valores y los principios encarnados por el Emperador, y las facciones políticas que albergaban la esperanza de alcanzar un cambio radical de la forma de gobierno. Durante la ceremonia de coronación, el Rey I se dirigió al conjunto de la población. Dijo que él sería el rey de todas las personas del reino, respetando a cada una en su cultura, en su historia y en su tradición. Invito a todos los habitantes del reino a permanecer unidos para ganar el futuro. A pesar de su mensaje conciliador, su margen de maniobra era limitado, ya que no contaba con un significativo apoyo popular. Para los seguidores del Emperador, el Rey no era más que una figura pasiva que debía garantizar la unidad del reino pero sin entrometerse en la administración de los asuntos públicos, mientras que para los sectores opositores al régimen, el Rey I era un palo en la rueda de modernización y democratización del Reino de cuyo nombre no quiero acordarme.

II. El carisma del Rey I

Actuando con sigilo y tratando de aglutinar a la mayor cantidad de grupos sociales alrededor de su figura, el Rey I se dio a la tarea de promover un conjunto de reformas y cambios institucionales que le permitieron a la administración dar respuesta a los intereses y a las demandas del pueblo. Esto hizo crecer el carisma del Rey I, quien se interpuso a las intenciones golpistas de un segmento de la guardia imperial que quería mantener el statu quo intacto a través del uso de la fuerza. Así, la cuestionada institución de la corona obtuvo legitimidad y el Rey se ganó el cariño de una parte de sus súbditos.

Una de las reformas más importantes y que el Rey I defendió, fue el inicio de consultas y elecciones periódicas para elegir la jefatura de la administración de los asuntos públicos y la composición de las cortes del reino. Se abrieron nuevos canales para la transmisión de las demandas y propuestas de las diferentes comunidades y grupos sociales que componían el Reino de cuyo nombre no quiero acordarme, no solo en el ámbito central sino también respecto a la gestión de los asuntos públicos en el conjunto de provincias y villas ubicadas a lo largo del territorio.

Para la mayoría de la población, esto significó un cambio frente a la actitud arrogante y excluyente del mandato del Emperador. La potencia creativa y emancipadora de las comunidades desbordo la participación en las elecciones y permitió la emergencia de diversas expresiones culturales ligadas a la música, el cine y la moda, con la que la juventud cuestionaba el puritanismo y la doble moral en la que vivía sumergido el reino. Era el comienzo de un periodo coloreado por la estabilidad política, la prosperidad económica y la apertura cultural. A lo largo del reino dos familias políticas lograron hacerse con la adhesión de importantes segmentos de la población. Aunque una defendía los principios y valores del Emperador y la otra abogaba por cambiar los cimientos del reino, compartían la expectativa de conservar la unidad y salvaguardar la frágil paz frente a una posible confrontación armada entre hermanos y hermanas.

La industria y la agricultura fueron por buen camino, lo que permitió mejorar las condiciones de vida en las villas y las ciudades. El recaudo de las arcas del reino aumento de un modo considerable, con lo que se avanzó en la creación de un sistema universal de atención en salud, se extendió la educación entre más capas de la población, se mejoraron las redes de acueducto y alcantarillado, y la infraestructura vial y energética del país se robusteció. Segmentos importantes de la población dejaron atrás la pobreza y conformaron una clase media que gozo de una importante calidad de vida.

III. Los jóvenes cuestionan los privilegios reales

Sin embargo, en este Reino de cuyo nombre no quiero acordarme, las cosas cambiaron poco a poco. Tras establecer alianzas comerciales y militares con los principales reinos y repúblicas de la región*, los compromisos adquiridos asfixiaron a la administración de los asuntos públicos y el descontento del pueblo comenzó a crecer día a día. A diferencias de sus padres, las nuevas generaciones se sentían cada vez menos representadas por las familias políticas que se repartieron el control de la administración de los asuntos públicos tras la muerte del Emperador. El Rey I anteriormente valorado por sus actos audaces en defensa de los cambios, comenzó a ser cuestionado por conservar privilegios inconcebibles en una sociedad constituida por iguales. La semilla a la que el Rey I contribuyó había hecho mella entre el pueblo que comenzó a cuestionar la inmunidad jurídica del monarca, así como el mantenimiento de toda la familia real con los tributos que pagaban los contribuyentes.

Los jóvenes no solo estaban incómodos con la corona y las familias políticas anquilosadas en las instancias de poder. La difícil situación económica comenzó a poner en cuestión el nivel de vida al que se habían acostumbrado. La necesidad se expandió por todo el territorio, en las villas escaseaban los alimentos, algunas familias comenzaron a tener problemas para protegerse del frío en invierno y para refrescarse del calor en verano, en las calles de las grandes ciudades personas que lo habían perdido todo se vieron arrojadas a la vida de mendigos mientras muchas casas quedaban abandonadas porque sus pobladores eran asfixiados por las deudas y la presión de los acreedores. Junto a los más golpeados, se encontraban jóvenes frustrados, educados para ejercer profesiones liberales y trabajos altamente complejos pero que a causa de la estrechez del mercado laboral se veían obligados a realizar trabajos que no satisfacían sus expectativas, presas de la precariedad y la incertidumbre.

En medio de estas viejas y nuevas contradicciones que se fueron incubando entre los cimientos del reino de cuyo nombre no quiero acordarme, algunas personas comenzaron a pensar “Hey, actualmente no tenemos mucho dinero para mantener al rey y a su familia entre la abundancia, los políticos en el poder no nos representan y las instituciones económicas no resuelven nuestros problemas más graves, deberíamos construir nuevas formas de gobernanza acorde a las tecnologías que nos brinda la comunicación en red. Comencemos con un referendo para decidir si queremos rey o no. Que sea una oportunidad para que entre todos ejerzamos la soberanía”

Te toca participar ahora

Con este cuento hemos querido desarrollar una narrativa alternativa, un espacio más neutro que conlleve una gama de emociones que permite hacerse una opinión un poco diferente sobre el tema de la monarquía en los tiempos modernos.

El viernes 18/11 pasado, una entrevista del ex presidente de España que nunca había salido al aire fue relevado al público. En aquella entrevista, Suárez dijo que no se hizo un referéndum sobre la monarquía en España en un momento que había mucha presión internacional para hacerlo porque se tenía miedo de que el rey perdiera. En la prensa española genero mucho ruido esta noticia.

Dado el contexto consideramos que en este momento se da una excelente oportunidad para debatir y votar sobre este tema, súmate haciendo clic en el siguiente botón.


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